Mylene (por Adrián Pariente Quesada)

Mylene

     Desde mi llegada a esta gran casa de dragones, no han dejado de sucederse acontecimientos que no se hubiesen manifestado, ni en mis mas inconfesables pensamientos. Mi nacimiento fue un gran momento de mi casi olvidada aldea. Recuerdos de momentos que parecen que no volverán a producirse, y no puedo evitar entristecerme, las personas que me vieron crecer y con las que compartí momentos de felicidad y amargura languidecen únicamente  en mi memoria. Y con cada día de mi mortal existencia parece que se pierden, dejando paso a las nuevas imágenes increíbles que me rodean en estos días. No puedo evitar sentir que la situación ha emprendido una trayectoria que parece terminar en dolor, sufrimiento y silencio tras un estruendoso grito. 

   Podría decirse que los amaneceres se tuercen largos y los anocheceres tempranos y fríos, colmados de una nostalgia que no se puede tocar. Largos días que parecen no tener un final, aventuras de individuos que han asumido que no tendrán un hueco en la historia escrita, algunas mujeres de aldea que parecen haber encontrado en la servidumbre de dragones una excusa perfecta para perfeccionar sus modales y convertirse en damas para hombres menores. Y como estandarte de lo masculino en este mundo de ideas extrañas, tales hombres aprovechan cualquier jardín, aposento o escobero para dar rienda suelta a sus instintos mas primarios. Mi percepción de lo místico tiende a desvirtuarse, y tornarse de un color grisáceo cuando se trata de emitir algo mas que un monosílabo con semejantes caballeros de escudo desconocido. No tratando de ser valiente, o si me apuro, arrogante. La cuestión es mas profunda de lo que podría decirse que es una conducta incivilizada de una doncella del norte, tratando de recordar como espantar a aquellos que pretender robar la inocencia de la virginidad en su esencia más sublime.

   Cuando pienso en el amor, no puedo evitar sentir un látigo de textura escamosa y del color del mar. Escondido tras él, una luz que se conforma tras la sinergia del rojo de la sangre, el amarillo de las túnicas de grandes señores, y el blanco de la esencia mas pura. Esa luz con forma de mirada impenetrable, se extiende por senderos de mi cuerpo que aún están por explorar, la imagen de un suspiro en la penumbra de la soledad. Se reconoce en esa luz una figura que atemoriza, que da pie al desenfreno mas incontrolado, al principio de todo, a la cúpula de los conocimientos y al mas imposible de los enamoramientos.

   Estoy segura de tres cosas, la primera, estoy escondida tras los dictámenes de seres que no entienden el porvenir del mundo, la segunda, contemplo los placeres de este mundo como espacios de tiempo que agotan la paciencia de la suficiencia, y tercera, estoy irremediablemente enamorada de la luz tricolor en cuya manifestación recíproca encuentro cobijo. Puede resultar incómodo para ellos en un momento de convulsión equívoca instrumentando modelos de justificación teórica sobre el poder.

(C) Adrián Pariente Quesada

 

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